Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay
nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.
Se levanta sin prisa y sin sorpresa, pues estaba esperándola. Abre
tranquilamente y la ve, hermosa. No se conocían, aunque se habían cruzado un
par de veces. Nunca, pero nunca, la había visto así, radiante.
Le sonríe, con la satisfacción del que sabe. La invita a entrar, pues es de mal gusto
desatender a las visitas. Sirvió dos tazas, el té caliente y algunas
masas. Era la hora correcta.
Conversaron animadamente, ya no se acordaba hace cuanto que
no tenía una charla tan intima.
Todo había sido tan imprevisto. Todo había sido tan
cruel… Fue necesario? Probablemente no, seguramente sí. Como sea, estaba hecho.
Terminaron el té, se dieron un fuerte abrazo y salieron,
juntas, sin miedo.
Sabiendo que todo final, es solo un nuevo comienzo.
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